martes, 14 de diciembre de 2010

LITERATURA INFANTIL

LITERATURA INFANTIL

La crítica literaria moderna considera esencial el carácter de "literatura"
dentro de este tipo de escritos, por lo que hoy se excluye, de la producción
actual los textos básicamente morales o educativos, aunque todavía siguen
primando estos conceptos en toda la LIJ dado el contexto educativo en el que
se desarrolla su lectura. Esta es una concepción muy reciente y casi inédita en
la Historia de la Literatura.

La literatura para niños ha pasado de ser una gran desconocida en el mundo
editorial a acaparar la atención del mundo del libro, donde es enorme su
producción, el aumento del número de premios literarios de LIJ y el volumen
de beneficios que genera. Esto se debe en gran parte al asentamiento de la
concepción de la infancia como una etapa del desarrollo humano propia y
específica, es decir, la idea de que los niños no son, ni adultos en pequeño,
ni adultos con minusvalía, se ha hecho extensiva en la mayoría de las
sociedades, por lo que la necesidad de desarrollar una literatura dirigida y
legible hacia y por dicho público se hace cada vez mayor.

La concepción de infancia o niñez, no emerge en las sociedades hasta la
llegada de la Edad Moderna y no se generaliza hasta finales del siglo XIX. En
la Edad Media no existía una noción de la infancia como periodo diferenciado
y necesitado de obras específicas, por lo que no existe tampoco, propiamente,
una literatura infantil. Eso no significa que los menores no tuvieran experiencia
literaria, sino que esta no se definía en términos diferenciados de la experiencia
adulta. Dado el acaparamiento del saber y la cultura por parte del clero y
otros estamentos, las escasas obras leídas por el pueblo pretendían inculcar
valores e impartir dogma, por lo que la figura del libro como vehículo didáctico
está presente durante toda la Edad Media y parte del Renacimiento. Dentro
de los libros leídos por los niños de dicha época podemos encontrar los
bestiarios, abecedarios o silabarios. Se podrían incluir en estas obras algunas
de corte clásico, como las fábulas de Esopo en las que, al existir animales
personificados, eran orientadas hacia este público.

Llegado el siglo XVII, el panorama comienza a cambiar y son cada vez
más las obras que versan sobre fantasía, siendo un fiel reflejo de los mitos,
leyendas y cuentos, propios de la trasmisión oral, que ha ido recopilando
el saber de la cultura popular mediante la narración de estas, por parte de
las viejas generaciones a las generaciones infantiles. Además de escribir
estas obras o cuentos, donde destacan autores como Charles Perrault o
Madame Leprince de Beaumont, destaca la figura del fabulista, como Félix
María de Samaniegoo Tomás de Iriarte. En esta época, además, ocurren dos
acontecimientos trascendentes para la que hoy se conoce como Literatura
Infantil, la publicación, por un lado, de Los viajes de Gulliver-Jonathan Swift y,
por otro, de Robinson Crusoe Daniel Defoe, claros ejemplos de lo que todavía
hoy, son dos temas que reúne la LIJ: los relatos de aventuras y el adentrarse
en mundos imaginados, inexplorados y diferentes.

Una vez llegado el siglo XIX con el movimiento romántico, arriba el siglo de oro
de la literatura infantil. Son muchos los autores que editan sus obras con una
extraordinaria aceptación entre el público más joven. Son los cuentos (Hans
Christian Andersen, Condesa de Ségur, Wilhelm y Jacob Grimm y Oscar Wilde
en Europa, y Saturnino Calleja y Fernán Caballero en España) y las novelas

como Alicia en el país de las maravillas Lewis Carroll, La isla del tesoro Robert
L. Stevenson, El libro de la selva de Rudyard Kipling, Pinochito Carlo Collodi,
las escritas por Julio Verne o Las aventuras de Tom Sawyer entre otras,
las que propiciaron un contexto novedoso para la instauración de un nuevo
género literario destinado al lector más joven en el siglo XX, donde la ingente
producción de LIJ coexiste con las obras del género adulto.

Son muchas las obras de renombre por citar de la LIJ, como es el caso de
Peter Pan, El Principito, El viento en los sauces, Pippi Calzaslargas o la
colección de relatos sobre la familia Mumin; en todas ellas destaca una nueva
visión que ofrecer al pequeño lector, donde, además de abordar los temas
clásicos como las aventuras o el descubrimiento de nuevos mundos, se tratan
la superación de los miedos, la libertad, las aspiraciones, el mundo de los
sueños y los deseos, como actos de rebeldía frente al mundo adulto. Esta
producción aumenta considerablemente en las décadas de los 70, 80 y 90,
con autores como Roald Dahl, Gianni Rodari, Michael Ende, René Goscinny
(El pequeño Nicolás), (Christine Nöstlinger, Laura Gallego García o Henriette
Bichonnier entre otros. En este siglo XX, además, aparecen nuevos formatos
de la LIJ gracias a las técnicas pictóricas y la ilustración de las historias, donde
las palabras son acompañadas de imágenes que contextualizan la narración y
aportando nexos de unión a la historia, es la aparición del libro álbum o álbum
ilustrado, género en el que destacan autores como Maurice Sendak, Janosch,
Quentin Blake, Leo Lionni, Babette Cole, Ulises Wensell o Fernando Puig
Rosado.

Ya, en el siglo XXI, la LIJ se encuentra muy consolidada dentro de los países
occidentales, donde las ventas son enormes y la producción literaria vastísima

LITERATURA INFANTIL VENEZOLANA

Como antecedente de la literatura infantil, la oralidad en Venezuela recopiló la
rica y variada tradición de una herencia que sería recogida más tarde por los
libros para niños. Sin embargo, cuando la imprenta hizo su aparición en el país
se editaron los primeros libros para niños, que se alejaron de la oralidad para
que se ubiquen bajo los preceptos del didactismo.

Cuando el país había transitado años de independencia y era necesario trazar
los límites de la identidad nacional, los libros para niños volvieron la mirada
hacia los héroes y la tradición oral, poblada de personajes como Tío Tigre y
Tío. El nombre de Rafael Rivero Oramas se hace presente como pionero y
gran divulgador de la tradición oral. Antonio Arráiz publica en esa misma línea,
Cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo en la década de los cuarenta, Pilar Almoina
saca a la luz Carrera Y El camino de Tío Conejo en 1970 y Luis Eduardo Egui
Cuentos para niños, en 1971.

El criollismo narrativo dejó su impronta cuando varios de sus cultores -como
Luis M. Urbaneja Achelpohl y José Rafael Pocaterra- incursionaron en la
literatura para niños. El modernismo se hizo presente con El diente roto de
Pedro Emilio Coll, mientras la modernidad irrumpe con Manzanita (1951) de
Julio Garmendia, un clásico de la Literatura infantil venezolana. Miguel Vicente
Pata Caliente (1971) de Orlando Araujo sigue esta senda y entre ellos, se
sitúan autores como Oscar Guaramato Ramón Palomares, David Alizo, Carlos

Izquierdo, Francisco Massiani y Marisa Vannini.

En poesía, Fernando Paz Castillo con La huerta de Doñana (1920) y Manuel
Felipe Rugeles con su libro Canta Pirulero (1954) inician, con propiedad, el
cultivo del género poético para niños. Rafael Olivares Figueroa y Efraín Subero
publican antologías fundamentales. Y son refencias obligadas los nombres de
Elizabeth Schön, Beatriz Mendoza Sagarzazu, Ana Teresa Hernández, Velia
Bosch, Aquiles Nazoa y Jesús Rosas Marcano, este último gran promotor --
desde distintas aristas-- de la literatura infantil.

A partir de los años setenta se siente un impulso en el libro para niños, surgen
varias editoriales y se crea -bajo la batuta de Monika Doppert desde ediciones
Ekaré- una escuela en el campo de la ilustración del que dan muestra los
trabajos de Morella Fuenmayor, Rosana Farías, Irene Savino, María Fernanda
Oliver y Cristina Keller. En otra tendencia más cercana a lo que se conoce
como ilustración de libros para niños se sitúan Marcela Cabrera, Carmen
Salvador, Vicky Sampere, María Elena Repiso, Jorge Blanco y Menena Cottin.
Mención aparte merecen Carlos Cotte, Gloria Calderón y, más recientemente,
Gerald Espinoza.

La contemporaneidad, ya con otra visión del libro para niños, presenta un
conjunto de autores que siguen líneas diferentes. Salvador Garmendia, con
una obra consolidada, incursiona revitalizando la narrativa. Los nombres de
Daniel Barbot, Verónica Uribe y Carmen Diana Dearden asumen distintas
posturas con un objetivo común: recuperar el espacio de la cotidianidad y de
la realidad, con una buena dosis de imaginación. Laura Antillano y Mercedes
Franco revisitan temas con propuestas novedosas, mientras Yolanda Pantin
consolida una presencia importante con un trabajo continuo. Rafael Arráiz
Lucca y Ednodio Quintero muestran visiones diferentes a la hora de abordar
el género. María del Pilar Quintero y Aminta Díaz recuperan el ámbito de lo
tradicional, mientras Armando José Sequera y Luiz Carlos Neves ejercen -con
conciencia y disciplina- el oficio de escritor; el primero dentro del campo de la
narrativa y el segundo con una obra poética extensa que ha marcado el curso
de la poesía infantil en nuestro país. Aurora de La Cueva y Fanuel Díaz han
asumido el riesgo de trabajar el libro informativo y nuevos nombres como el
de Mireya Tabuas, Reyva Franco y Rafael Rodríguez Calcaño anuncian otros
derroteros